Pareciera que simplemente ser es más arduo que lo intrincado del hacer, del experimentar o del transitar por la existencia entre pensamientos, emociones e instintos. En cada cual, la aparente dificultad de simplemente ser radicará en un error de concepción u otro, pero hay cierto denominador común que entorpece la posibilidad de ser consciente de que se es, con la naturalidad que corresponde a lo más intrínseco del ser humano. Esta dificultad común reside en la falta de discernimiento en lo concerniente al vivir y el existir.
Vivir no es lo mismo que existir. La Vida es el Espíritu, y el Espíritu es el Ser. Una vida es un ser, y siendo cada ser un haz emanado del Sol Espiritual, significa que toda vida y ser es una Conciencia.
Etimológicamente, conciencia (conscientia y syneidesis) es «saber con», no en el sentido de un conocimiento compartido, que también puede añadirse a la acepción, sino que uno sabe que es, luego ser es conocer. Si el conocimiento (gnosis) es participación, quien participa es el ser que somos. Ahí aplica el «saber con» o «conocer en conjunto», en tanto no es posible desvincularse de la vida que uno es ni del resto de vidas que son.
Somos el ser, luz divina universal con un matiz particular, y eso es la Vida en nosotros. Y si tomando metafísicamente a Cristo comprendemos que la Vida también es el Camino y la Verdad, nos vemos impelidos a ser para Caminar hacia la Verdad. Y todo Camino comienza por ser, pues siendo conocemos, y conociendo caminamos inspirados por la Verdad. La verdadera semejanza con Dios se inicia cuando se devela ante nosotros la ineludible realidad de que somos Vida. El problema es que andamos confusos creyendo que somos existencia.
La existencia es el acto de existir, y existir es estar. La existencia es momentum, los contextos particulares propios de un ser en su devenir. Lo más general es que el devenir y sus circunstancias perfilen nuestra alma, «vehículo» de la Conciencia, siendo aquella maleable tanto para arraigarse al mundo como para habitar donde la Conciencia habita. Y ahí es donde la confusión se abre paso.
Solemos creer que somos la existencia, que en el plano humano es lo mismo que decir personalidad y egos, y que el fundamento del vivir —que no es la «auténtica vida»— es una concatenación de situaciones y reacciones ante lo acontecido, impulso casi instintivo ante la vorágine del mundo manifestado y sus borrosos vaivenes. Ante el tifón del mundo nos aferramos a aquello que parece sólido y perpetuo, cuando nuestros asideros son voraginosos como el tifón que nos adormece, porque son la misma cosa.
Son la misma cosa porque el tifón está en nosotros. Aquello que creemos perdurable es lo más efímero, la personalidad terrenal y los contradictorios deseos de cada ego en su inconstante pero presente rechinar. Creemos que somos cronología, historia personal, nombre, cuerpo, como enseña Mouravieff. Y eso no es Vida, sino existencia. La personalidad y lo egoico es tan automático como los sistemas que mantienen al cuerpo. Y a eso nos aferramos.
Identificados y sumidos en el olvido de la existencia, conviene recordar, y el primer recuerdo es que somos. Recordamos siendo, y esto comienza por atender, porque la verdadera atención es hacernos conscientes de que Vivimos y que no solo existimos.
La atención es el inicio del afloramiento de la Conciencia, y recordemos que todo ello es conocer y que conocer es participar —conscientemente, pues nunca nos escindimos de lo que somos—. Participar y conocer supone, tal y como nos corresponde, ver lo sagrado en todo cuanto existe, y de repente comprobamos que la existencia está supeditada a la Vida y no al contrario.
Lo sagrado ineludible aparece ante nosotros. Es la Naturaleza, el Espíritu. No cabe pensamiento ni emoción personal o egoica, porque eso implica movimiento existencial, no presencia vital. He aquí otra confusión: en el ser en el Espíritu —¡redundancia!— no existe el deseo, pues la plenitud mata la ilusión de la ausencia y lo otro. Nos sentimos extraños de nosotros mismos porque ahora, acostumbrados a desearnos y a buscar movimientos y sentidos, experiencias y adquisiciones, comprensiones y levaduras que nos inflen, no hay nada de eso, pues son cosas del existir y no del vivir. La Vida no tiene necesidades, y la existencia tiene las justas más los deseos añadidos por nuestra malsana ceguera, muchas veces escogida.
Ante tal Presencia, nos salimos de todo acontecer, y de ahí la extrañeza de nosotros mismos, pues ahora vivimos y no solo existimos. Cuando se da esa contemplativa y serena salida de sí, recuerdo y presencia, se despliega un nuevo paisaje que se extiende más allá del horizonte. Es un nuevo pero familiar mundo que explorar, que conocer, que ser, que vivir.
Ese es el inicio del conocimiento de uno mismo y de ser lo que realmente somos. Y es más natural que respirar.



Excelente post que señala las sutilezas intrínsecas que difieren cuando nos referimos, a la vida y a la existencia. Nos invita a reflexionar y observar dónde se posa nuestro mirar, cuál es nuestra perspectiva... ¿Estamos experimentando la vida? ¿O acaso la Vida?
Y como se menciona al final del post, algo tan simple, y tan sutil, que sin embargo.... "Ese es el inicio del conocimiento de uno mismo y de ser lo que realmente somos. Y es más natural que respirar."
gracias!!!
Lo sagrado ineludible, maravilla a nuestro alcance en cada instante. Me ha encantado y clarificado mucho